Ana Berta Hernández comenzó trabajando como carcelera en 1984 cuando las cosas eran muy diferentes. Después de trabajar allí 36 años, se jubiló el mes pasado, pero aún describe su trabajo como emocionante, aunque no para todos.
Hernández es la carcelera de la ciudad que ocupó el cargo por más tiempo, comenzando justo después de la escuela secundaria, y dijo que fue por casualidad cuando se enteró de la apertura en los años 80.
“Fue por casualidad cuando me enteré de la inauguración”, dijo. “Trabajaba temprano en la escuela secundaria, medio día y medio colegio.
Después de graduarme, pude conseguir un trabajo de verano y trabajé la mitad con el condado de Cameron. Durante ese tiempo trabajé como secretaria local, contestando el teléfono, tomando notas. Asimismo, trabajé con el condado, esto fue en 1984. La cárcel de la ciudad apenas se estaba abriendo, todavía estaban tratando de hacer que la gente trabajara. Seguían siendo los oficiales de policía, todavía fichando a gente en la cárcel del condado, pero decidieron abrir la cárcel de la ciudad”.
Después de conseguir el trabajo en la cárcel de la ciudad, Hernández recuerda que a veces en ocho horas fichaba hasta 30 personas. Ella también recuerda lo difícil que era trabajar los fines de semana porque en ese entonces no había jueces de fin de semana, lo que hacía que el proceso demorara más.
“Recuerdo que en ocho horas fichábamos hasta 30 personas y durante principios de los 80 no había juez de fin de semana, así que tuvimos que quedarnos con las personas que estaban fichadas”, declaró. “Por tanto, entonces, se dieron cuenta de que necesitábamos tener un juez de fin de semana”.
Hernández dijo que a veces piensa en las personas que procesó en la cárcel de la ciudad y espera que reciban la ayuda que necesitan. Al respecto, dijo que había ocasiones en las que recibía a personas que necesitaban ayuda especial, pero que no podía hacer más que quedarse con ellas.
“No teníamos una celda acolchada en ese entonces. Por tanto, tendríamos que sujetar a la gente con las chaquetas y todo lo que pudiéramos. Ni modo”, dijo.
“Recuerdo una vez que tuve que sentarme encima de un balde, frente a una dama y ella necesitaba ayuda. Ya había llamado a alguien para que la llevara a algún lugar donde pudiera obtener ayuda, pero no podía hacer mucho más que estar con ella. Espero que lo haya hecho bien, nunca supe lo que le sucedió. Nunca se sabe lo que sucede después, solo tienes que buscar a las personas y examinarlas”.
Hernández dijo que ella regularmente tomaba huellas dactilares, fotos policiales, documentaba tatuajes, hacía trámites y se aseguraba de que todo estuviera cerrado. Por otro lado, mencionó que experimentó la transición del papel a las computadoras y fue una experiencia increíble.
“Entonces las computadoras alcanzaron la mayoría de edad y, oh, hombre, eso era otra cosa. Porque ahora teníamos computadoras, al principio era una pantalla grande, luego se volvió naranja y luego se volvió más sofisticada”, dijo. “Supuestamente era menos papeleo, pero no realmente, era lo mismo pero ahora en la computadora”.
Algo que le encantó ver a lo largo de los años es el creciente número de mujeres oficiales. Ella dijo que aunque este trabajo no es para todos, es el mejor trabajo del mundo.
“Necesitábamos mujeres para cuidar de las mujeres que fueron arrestadas”, indicó. “Recuerdo haber visto todo un departamento de oficiales femeninas y, guau, fue increíble. Podías verlas cuando eran jóvenes y tenían 20 años, luego los veías en sus 30 casarse y luego comenzaban a usar lentes y a tener canas. Yo estaba como, esa era yo, yo también estaba allí. Pero estás en el mejor trabajo del mundo”.

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