La historia negra del Rancho Santa Elena, 30 años después

Por AURORA OROZCO/El Nuevo Heraldo

MATAMOROS — Cada año, al llegar Spring Break, los residentes de esta frontera narran la misma historia macabra que se vivió en marzo de 1989: el caso de los narcosatánicos.

Esta primavera se cumplen 30 años de la desaparición y muerte del estudiante estadounidense Mark Kilroy en manos de una secta narcosatánica.

Matamoros, frontera con Brownsville, era uno de los puntos preferidos de los estudiantes vacacionistas de primavera de Estados Unidos que hacían un receso en sus clases para tener diversión sin límites.

Uno de los atractivos de México para los jóvenes es que pueden consumir bebidas alcohólicas desde los 18 años de manera legal, y en la clandestinidad gozar de otros excesos, ya que las autoridades son menos estrictas durante este tiempo.

Y uno de esos jóvenes fue Mark Kilroy, estudiante de Medicina de la Universidad de Texas en Austin, de 21 años de edad, quien junto con unos amigos viajó hasta esta frontera.

“Vinieron, como muchos, a vacacionar a la Isla del Padre Sur”, cuenta Oscar Treviño, periodista quien cubrió este caso para un periódico local. “Y luego deciden cruzar la frontera hacia Matamoros. Anduvieron en varias cantinas de la ciudad, como generalmente lo hacían otros 15 mil vacacionistas que solían llegar”.

 

Recuento

De acuerdo a los testimonios reunidos por Treviño, a Kilroy y sus amigos se les hizo de madrugada divirtiéndose en la popular Avenida Alvaro Obregón.

“De regreso a Brownsville, Mark se detiene a orinar detrás de un árbol, lo que lo hace alejarse del grupo de amigos, que sigue avanzando hacia el puente internacional, esperando que él los alcanzaría”, dijo Treviño. “Pero no fue así, Mark nunca llegó al hotel”.

Ese mismo día, angustiados, los jóvenes se comunican con los padres de Mark, Helen y Jim Kilroy para decirles lo ocurrido.

“Él (Jim) les dice que acudan a la policía a poner una denuncia, por lo que los jóvenes acuden a la Oficina del Sheriff y hablan con el investigador George Gavito, quien a su vez se comunica con autoridades mexicanas pidiendo se investigue la desaparición.

En pocos días, Matamoros y Brownsville lucían tapizada de volantes con la fotografía de Mark ofreciendo 15 mil dólares de recompensa a quien diera información que llevara a su localización. Los medios comenzaron a publicar notas sobre el caso. En Brownsville, ya con los padres de Mark presentes, se ofrecían misas en su honor.

Comienza

la búsqueda

Entre los cuerpos policiacos corrió el rumor de una banda que en sus vehículos utilizaba la palabra “HOT”.

“Policías preventivos asignados a la Avenida Alvaro Obregón señalaron que la madrugada del 11 de marzo vieron que un vehículo con esas características se había llevado a un joven, quien se les escapó, pero luego de correr tras él lograron atraparlo nuevamente”, dijo Treviño.

El vehículo habría sido abandonado en la colonia Delicias.

La presión de las autoridades estadounidenses no paraba. El entonces comandante de la Policía Federal Juan Benitez Ayala mantenía vigilancia en las carreteras en busca de droga, cuando por uno de esos retenes pasa una camioneta con la palabra “HOT” en el vidrio trasero, y la siguen hasta el rancho Santa Elena.

Ahí, los agentes sorprenden a Serafín Hernández, y más tarde a Elio Hernández, David Serna y Sergio Martínez.

En el mismo rancho encuentran droga, dinero y una pequeña casa de madera donde se aprecian cacerolas, restos humanos y de animales, sangre, veladoras y otra parafernalia que se utiliza en rituales satánicos.

El peón del rancho, un humilde trabajador de nombre Domingo Reyes, reconoció en la fotografía que le muestra Benitez Ayala a Mark Kilroy, y acepta que estuvo sentado en una hamaca, golpeado, y que él le dio agua. Y más tarde vio llegar al “padrino” Adolfo de Jesús Constanzo y a la “madrina” Sara María Aldrete, y junto con otros sectarios llevaron a Mark adentro de la casa.

Con la evidencia, Benitez Ayala informa que tiene a los responsables del secuestro y muerte del estudiante.

Cuando David Serna comienza a excavar para rescatar el cuerpo de Mark, la sorpresa fue que hallaron más cuerpos, 15 en total, solo esos porque Benítez Ayala habría ordenado detener las excavaciones.

“Reporteros y funcionarios comenzaron a escupir, vomitar y a santiguarse al ver los cadáveres. La escena era monstruosa, el olor de los cuerpos terrible, no se podía respirar, el aire estaba impregnado”, recuerda Treviño.

Cuando descubrieron el cadáver de Mark, éste estaba mutilado.

“La declaración del medico legista fue que cuando realizó la autopsia se presentaba un machetazo en la cabeza, lo que le produjo una herida de 15 centímetros, con un estilete le hicieron una perforación en la espalda, por donde habrían introducido un cable de acero y jalado la columna vertebral. Después le cercenaron los dedos y los genitales. Y al enterrarlo, le cortaron las piernas para acomodarlo en el pozo”, dijo Treviño.

El caso parecía resuelto. Las autoridades mexicanas se apresuraron a presentar a los detenidos, y a ir en busca de los líderes: Constanzo y Aldrete.

Después de tres semanas prófugos, las autoridades lograron interceptarlos luego que Sara lanzara una carta de auxilio en la que escribió que estaba secuestrada y que temía por su vida.

Los prófugos se encontraban escondidos en un departamento de la céntrica colonia Cuauhtémoc en la capital de México.

Los policías fueron recibidos por la banda con una lluvia de dólares, centenarios y tiros de AK 47. Ante su imposibilidad de escapar, Constanzo pidió a uno de sus seguidores que le disparara, versión que ha negado Sara desde la prisión.

Sara fue sentenciada a más de 600 años de cárcel, acusada de ser parte de una banda delincuencial llamada por la prensa de aquél tiempo “los narcosatánicos”, quienes presuntamente mataban a sus víctimas para cortarlas en pedazos y usar su sangre y algunas partes en rituales afroamericanos.

 

 

Dudas

Para la periodista Enriqueta Cisneros, una de las primeras reporteras en llegar al rancho Santa Elena esa mañana, hay muchas preguntas sin respuestas.

“Cuando llegué al rancho, ví varias fosas excavadas con máquinas, lo que me pareció incorrecto porque eso podría destruir evidencia. Tuve la impresión de un escenario previamente montado, todo me pareció sospechoso”, dijo Cisneros.

“Los detenidos siempre han expresado su inocencia”, dijo Treviño. “Y han señalado hostigamiento contra sus familias. Lo que puedo decir es que pese a que siempre se quiso manejar con transparencia, siempre faltaron piezas en la investigación”.

Hoy en día, el rancho Santa Elena fue adquirido recientemente por un nuevo dueño, y lleva el nombre de Hacienda Santa Elena, que luego de una ceremonia de bendición, se construyó una bodega que almacena granos y se han sembrado árboles de naranja.

La vida alrededor sigue siendo apacible, pero para aquellos que conocen la historia, prefieren no llegar, no preguntar y pasar de largo.